¡Gran estúpido fui! Dejarme seducir, dejarme engañar por una vana ilusión.
Pensé que me amaba… No fue así.
El pecado persuadió mi corazón. --Me pregunto-- ¿Por qué todos tenemos debilidades?
Vino a mi mente una frase: “Hay hombres que han vencido guerras,
pero sólo aquel que se ha vencido a si mismo, ha logrado la mayor victoria”…
Me resultó emocionante, apetecible y tan dulce la tentación del pecado.
Todo inició con un juego de pensamientos incontrolables.
Bueno… talvez fui yo el que no quise detenerlos.
He descubierto que la raíz de todos los males, son los pensamientos ocultos.
Pensamientos que condujeron mis movimientos hacia la acción más abominable.
Mi cuerpo lo pedía, aunque mi alma temía…
Conocí a la pasión y al desenfreno, tenían un rostro tan angelical,
que me pareció estar en una cama de nubes.
Perdí la noción del tiempo; quise olvidar mis problemas y ahogarlos en una ruin botella.
Inhalé un poco de libertad, pero esta ya estaba adulterada.
Por un momento me dejé seducir por sentimientos homogéneos;
pero pasó por mi mente asesinarlos sin medir palabra.
Sentía un éxtasis de lo irreal; la ilusión de un montaje publicitario
que me apremiaba y elevaba al clímax del pecado.
Hoy, amanecí en mi cama, triste y solitario. Atado con los lazos de la inmoralidad
y señalado con el verdugo de la conciencia que tocó lo más profundo de mi ser.
Desgarrando una efímera alegría y provocando lágrimas de amargura.
En ese momento, quise que mi dolor hubiese sido provocado por un accidente; una enfermedad.
Pero no, todo fue el resultado de una estúpida decisión; auspiciada por el desánimo
y traicionada por la ilusión de querer llenar un vacío provocado, por la mujer que tanto amé.
V. Meda